Vivimos en la era de la irreflexión, una época en la que pararse a pensar equivale a improductividad, pérdida de tiempo. Tanto es así que los periodos de asueto son más bien una continuidad de la agenda rebosante que nos oprime hasta la extenuación durante todo el año. En una sociedad progresivamente secularizada, la ristra inacabable de tareas a realizar sustituye al dios que apretaba pero no ahogaba. No hay resquicio por donde introducir apenas unos minutos de pensamiento crítico.

Y mira que el acervo popular nos susurra desde su sabiduría la conveniencia de mantener sosegadas conversaciones con nosotros mismos, diálogos fructíferos en medio de esa locura llamada velocidad que a veces confundimos con la agilidad: “Vísteme despacio que tengo prisa” o “Las prisas no son buenas consejeras” son dichos caídos en desgracia. Estamos en la era de la rapidez, queremos asemejarnos a máquinas de vertiginosos cálculos que nunca conocieron el descanso ni en los días de fiesta (que diría el poeta), y competir en ese terreno es un suicidio colectivo de la estirpe humana.

Quizás se trata, sin más, de un error de reduccionismo semántico. Me explico con un ejemplo. Aunque un elefante no tiene la rapidez de un mosquito, no dude que en el mismo momento que el proboscidio decide que es usted una amenaza, su trompa se moverá con inusitada celeridad para golpearlo sin posibilidad de réplica. Esta lección del mundo de la biología contiene un interesante aprendizaje para nuestras empresas.

No podemos conducir un autocar de la manera que manejamos un utilitario. Conocer qué llevamos entre manos es esencial para sacar el máximo rendimiento en una organización, pero a ese fin necesitamos pensar estratégicamente y no sucumbir al impulso atolondrado de quien no sabe quién es ni para qué existe. A veces acude a mi mente la imagen del tenista novel parapetado tras su raqueta, rebotando como puede los lanzamientos de su adversario más experimentado y paciente que sabe desgastar a su oponente antes de descargar el golpe de gracia.

En mis tiempos de universitario, me impuse una disciplina muy provechosa. Cuando me enfrentaba a un examen, nunca comenzaba a escribir hasta pergeñar en el papel (o en mi mente) un esquema del desarrollo de mi respuesta. Adquirí la sensatez de no ceder al impulso de escribir antes de pensar, a pesar de que la mayoría de los estudiantes hacían todo lo contrario. En el momento que encajaba las piezas, el ejercicio era tan simple como redactar un relato ya conocido. Lo hacía de un tirón mientras mis compañeros movían sus bolígrafos a ritmo de stop and go (acelerar sin control hasta frenar en seco).

Hay quien nos quiere convencer de que la estrategia es una herramienta polvorienta y herrumbrosa, como aperos de viejos labriegos, que la productividad se contrapone al ejercicio del pensamiento reflexivo, que llenar la agenda de tareas y acciones (en muchas ocasiones vacuas) es sinónimo de liderazgo y éxito… Reivindico la capacidad humana de pensar antes de actuar, pensar antes de abrir la boca… pero no quedarnos en el mundo contemplativo, antes al contrario, como el ajedrecista, mover la pieza siguiendo una estrategia dúctil que tiene en cuenta los movimientos del adversario sin olvidar su razón última de ser: tumbar al rey (dicho sea sin ánimo ideológico).

Inicialmente publicado en Indicador de economía.