En una entrevista concedida a principios de los años ochenta, el insigne músico francés Jean-Michel Jarre explicaba que el sintetizador, instrumento por excelencia de la música electrónica, fue una creación de ingenieros. En sus primeros balbuceos, el engendro experimentó sucesivas mejoras técnicas, pero fue su adopción por músicos (léase Tangerine Dream, Vangelis, Kraftwerk, Emerson, Lake and Palmer, los españoles Neuronium o el propio Jarre) lo que permitió al sintetizador mostrar sus verdaderas posibilidades estético-musicales: la tecnología al servicio de la intención.

Es un lugar común confundir trasformación digital con mera digitalización, craso error comparable a pensar que los ropajes lujosos convierten en elegante a una persona de comportamiento arrabalero. Siempre ha sido más fácil cambiar lo accesorio que cuestionar los cimientos que soportan el peso de una construcción, ya sea social, ética o material. Ya se sabe que el zorro pierde el pelo pero no su maña.

Una reciente encuesta realizada por la Harvard Business Review Analytics Services junto a la consultora Red Hat, entre 700 empresas de sectores diferentes, pone de relieve la preocupación de los líderes ante una era absolutamente disruptiva (lo que se ha dado en llamar tiempos VUCA, es decir, una época en la que reina la volatilidad, la incertidumbre, la complejidad y la ambigüedad). Sin embargo, los resultados a día de hoy son discretos, pues únicamente el 13 % de los encuestados manifiesta que su empresa está preparada para lo que se avecina.

¿Cómo puede entenderse semejante paradoja? Los altos ejecutivos admiten ser conscientes de que la intersección entre biotecnología e infotecnología producirá en breve un cambio de modelo económico, social y político: no sabemos a ciencia cierta cómo será ese futuro, pero nadie duda que distará bastante del que hemos conocido durante los últimos 70 años. Hoy, mientras el viejo mundo ha entrado en fase terminal, el nuevo retoño apenas gatea pero crece muy deprisa. Permítame parafrasear al inigualable Manuel Machado para decir que uno de los dos mundos ha de helarnos el corazón.

El estudio mencionado detectó dos factores clave en los procesos de transformación digital: el compromiso de la alta dirección y el cambio cultural de la empresa, es decir, la transformación digital va de personas más que de tecnología. De poco sirve cambiar toda la tecnología de una organización si seguimos trabajando con las mismas creencias, postulados, normas y conductas. Digitalizar las órdenes de fabricación es una mejora, pero trabajar con tecnología que nos permita combinar los datos, la inteligencia artificial y el talento humano para enamorar al cliente, optimizar las operaciones, crear buenos productos o empoderar a los empleados… es otro nivel, no cabe duda.

Un buen proceso de transformación digital requiere, antes que nada, una reflexión estratégica del negocio (para qué queremos la tecnología, qué nos debe aportar, qué problemas nos resuelve o qué oportunidades nos ofrece). Ya lo dijo el conocido escritor Tom Clancy: “La tecnología es solo una herramienta. La gente usa las herramientas para mejorar sus vidas”. No busque respuestas en la tecnología sin hacerse previamente las preguntas adecuadas. Dado que las inversiones comprometidas pueden ser ingentes, sería suicida comprar tecnología sin establecer un plan con objetivos, recursos, temporalidad y seguimiento. Esto es fundamental si no queremos acabar enterrando dinero, ilusiones, esfuerzo y, a las malas, administrando la extremaunción a la empresa.

No se deje intimidar por modas, gurús, futurólogos, tecnófilos, tecnófobos o vendedores de delirios vanos. Antes de incorporar una determinada tecnología a su negocio (y por extensión a su vida cotidiana) recuerde la sabia frase de Rudyard Kipling: “Seis honrados servidores me enseñaron cuanto sé. Sus nombres son: cómo, cúando, dónde, qué, quién y por qué”.

 

Inicialmente publicado en Indicador de Economía