El pronunciamiento del coronel Rafael de Riego, y el consecuente triunfo de la revolución liberal de 1820, obligó al ínclito Fernando VII “el Deseado” a jurar la Constitución de Cádiz, el 10 de marzo, sirviéndose de una frase mítica que, conociendo su inclinación absolutista, ya sonaba en aquel momento sarcástica, artera e hipócrita, como desgraciadamente resultó a la postre: «Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional». Y así a nadie debió sorprender su abrazo –tres años más tarde- a las tropas reaccionarias europeas, “los Cien Mil Hijos de San Luis”, aunque hay quien –al referirse a dicho ejército- se acuerda de sus madres (que debían tener todas ellas una moral distraída).

Ustedes se preguntarán a qué diantres viene esa anécdota histórica, qué me ha movido a escribirla en una sección dedicada a la economía y los negocios. Verán, estaba pensando en estos tiempos líquidos, de cambio tecnológico acelerado, incierto, ambiguo y extraordinariamente complejo. (Permítanme hacer una anotación al margen: uno siempre piensa que su época es extraordinaria en términos históricos, aunque hay una cierta distorsión egocéntrica y cognitiva: mis abuelos pasaron de desplazarse en burra por caminos polvorientos a ver volar el Concorde, disfrutar de la modernidad del Talgo, contemplar la llegada del hombre a la Luna o vivir en un sistema liberal, una dictadura, una república, una revolución social, una guerra civil, otra dictadura y finalmente una democracia. Si eso no es disrupción y adaptación al cambio…)

El método como panacea
Ante un panorama de transformación digital y falta de certezas, buscamos desesperadamente un utensilio, un truco, una metodología que nos permita salir de la angustia ante un futuro impredecible. Como modas textiles que pretenden investirnos de personalidad, numerosas metodologías aparecen como setas en el panorama empresarial, prometiendo El Dorado, un método que nos permita superar el miedo a lo desconocido y predecir el futuro. Así pervertimos interesantes herramientas, como Agile, Scrum o la gamificación, y las investimos de magia, tal como los niños confían en soluciones fantásticas para la sublimación de sus deseos.

Todos los esfuerzos por crear una comunidad de aprendizaje caen en saco roto cuando la intención de la alta dirección es dar apariencia de cambio: Aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Si no hay honestidad, las personas acaban decepcionadas y desmotivadas, ya se sabe que importa lo que se dice, pero se cree en lo que se ve realmente (acúsenme de ser santotomasiano). Hay organizaciones que han cambiado color de paredes, espacios e incluso han colocado futbolines, pero se olvidaron de apartar jefes tóxicos, ególatras, sociópatas y gestores miopes de la miseria (también la moral y ética).

Volver a la esencia
La falta de sentido atora las arterias de una organización hasta convertirla en lugar inhóspito donde malgastamos el tiempo, cercenamos la creatividad y nos convertimos en actores que interpretan papeles, siempre atentos al cálculo de lo políticamente correcto. Perdemos espontaneidad, frescura y, por ende, nuestra mejor contribución desde la autenticidad de quienes somos.

Podemos transformar la tecnología de una organización, pero si no hay un cambio real en la cultura (sistema de creencias y valores), las metodologías fracasan estrepitosamente. Es preciso volver al origen, a la esencia: ¿Cuál es el propósito de la organización? Hay que dotar de sentido a la empresa, trascender el puro mecanicismo de funciones y organigramas, para compartir una idea, un anhelo que dote de plenitud a las personas que integran y trabajan en dicha organización.

 

Inicialmente publicado en la versión en papel del Diari de Tarragona