Admiro profundamente la heroicidad de quien pone en riesgo su patrimonio para construir un proyecto empresarial modesto que, quizás con el tiempo, devenga una empresa de respetables dimensiones. Me descubro ante esa estirpe insuficientemente valorada que trabaja con ahínco y tesón para lograr el milagro de la supervivencia en un mundo inexorablemente competitivo.

Tengo la suerte de compartir buena parte de mi tiempo con gentes que llevan el emprendimiento en su ADN, que tienen la virtud de imaginar nuevas posibilidades, que ven la oportunidad donde otros solo advierten calamidad (si me permiten parafrasear al inefable Winston Churchill). Hombres y mujeres, con olfato para detectar necesidades y arrojo para ofrecer al mercado su solución (no siempre con acierto), que perseveran sin descanso porque la  búsqueda del “Santo Grial” del negocio es su propia esencia.

A menudo me reconocen: “Quizás no soy la persona más apropiada para gestionar mi empresa”, algo que me sorprende gratamente por la humildad que expresa en boca del fundador de una compañía. Reconocer que necesitas ayuda para dar un nuevo impulso a tu proyecto tiene mucho mérito, pero sobretodo habla de la inteligencia empresarial de quien busca consejo en momentos de cambio y transformaciones de calado.

Me gusta repetir esta metáfora: a las empresas les duele la estructura cuando crecen rápido, al igual que el adolescente se queja de dolor óseo en su estiramiento. Éste es un momento crítico en el desarrollo vital de un proyecto empresarial, ya que se trata del preámbulo de la adultez, y a imagen y semejanza del ser humano, una mala gestión de esa época convulsa de cambios físicos, mentales y emocionales puede condicionar negativamente el futuro. He conocido negocios incipientes, con gran porvenir, malogrados por la falta de habilidad de sus propietarios para rodearse de buenos consejeros.

No ignoro que dentro de cualquier empresa encontramos personas que pueden (y deberían) asesorar a quien se juega su dinero, pero al menos por mi experiencia, la realidad es que ocurren una serie de fenómenos contrarios a ese desiderátum. En muchas ocasiones, el directivo desea complacer al propietario, amén de no arriesgar su confortable posición, así que no cultiva el arte de poner cascabeles al gato. Por otra parte, existe el efecto mimético que se produce con el tiempo: la cultura va asimilando a todo aquel que inocula su aire, de manera que –al paso de los años- el revolucionario se amansa y el manso, hiberna.

Por contra, el consultor siempre está de paso, su misión es aconsejar con honestidad y franqueza al empresario que contrata sus servicios: Tiene que contar lo que ve y siente con el objetivo de ayudar a su cliente a tomar decisiones eficientes en función de la visión estratégica de la empresa. Un gran profesional y amigo me contó esta anécdota: “El propietario me llamaba con frecuencia a su despacho para saber qué pensaba sobre un asunto, entonces yo le preguntaba: ´ ¿Usted  qué quiere que le diga: lo que le gustaría oír o mi opinión franca?´ Siempre me pedía que fuera sincero”.

Desgraciadamente, el éxito pasajero suele despreciar la falibilidad y tiende a producir una especie de ceguera y sordera selectiva que dificulta la aceptación de lo que no encaja con nuestros deseos. Conviene recordar aquella canción de Héroes del Silencio que decía: “Te sientes tan fuerte que piensas que nadie te puede tocar”. La verdadera heroicidad de esos constructores de sueños es la humildad para escuchar lo que no se quiere oír.

Inicialmente publicado a Indicador de economía.