Una de las grandes aportaciones de Sigmund Freud al análisis del ser humano, a decir de Erich Fromm, fue el descubrimiento del concepto de narcisismo. En esencia, para la persona narcisista la realidad es únicamente lo que atañe a sus pensamientos y sentimientos, es decir, la realidad solo ocurre en su mundo subjetivo. Llevado a un extremo enfermizo, se produce un comportamiento psicótico que retrae al individuo, pues se siente víctima de la sociedad. Pero también es posible que un narcisismo radical nos lleve a la insensibilidad hacia los demás, pues la persona afectada es incapaz de empatizar con otros individuos

¿Qué sucede cuando alguien, en una posición de liderazgo, tiene mucho éxito social o profesional y es constantemente alabado, agasajado y admirado? Ya decía Freud que “Uno puede defenderse de los ataques, contra el elogio se está indefenso”. Ciertamente se corre el riesgo de que el ego engorde hasta el punto de olvidar uno de los valores esenciales de cualquier líder que se precie: la humildad. Qué difícil es mantener los pies en el suelo cuando te crees infalible, como si hubieras sido elegido por la gracia de algún dios. En su canción “Maldito duende”, Héroes del Silencio ya nos decían que “…Te sientes tan fuerte que piensas que nadie te puede tocar”.

Si no comprendemos el papel del narcisismo en el liderazgo, será improbable que podamos entender algunas de las conductas -a todas luces irracionales- que asolan las empresas, y por extensión el mundo. Hay decisiones incomprensibles desde una óptica cabal, que no resisten un mínimo análisis de riesgo-beneficio, pero que son bendecidas en el seno de las organizaciones por el miedo de muchas personas a quedar marcadas con el estigma de la transgresión si no exhiben militancia ciega e incondicional. En muchos casos se produce lo que el psicólogo Irving Janis bautizó como “pensamiento grupal”: la autocensura aparece y dinamita la exposición de reflexiones alternativas, ya que las personas adaptan y subordinan su opinión a la opción que piensan que facilitará el consenso dentro del grupo al que pertenecen. En definitiva, una versión más elaborada y sofisticada del consabido dicho: “¿Dónde va Vicente? Donde va la gente.

Así llegamos, del narcisismo del liderazgo, al narcisismo colectivo, esa sublimación de la creencia de que el mundo gira alrededor de nuestra organización, lo que nos permite adquirir sentido social, sentir que pertenecemos a algo más grande que nuestra individualidad. Y no sería malo si el sentimiento exacerbado no nos llevara a entender la vida como un campo de batalla y las relaciones humanas desde la sentencia “o estás conmigo o en contra mía”. Sin negar que hay una competencia sana que incentiva el ingenio y el desarrollo de las personas y las organizaciones, no es menos cierto que las mejores consecuciones del ser humano se han producido desde la cooperación, pues la lucha fratricida nos encamina a un mundo insostenible.

Hay que decir, empero, que el narcisismo es muy diferente de la autoestima, del amor que cada cual ha de tener hacia su persona. El narcisista es básicamente un egoísta que no tiene consideración por los demás, por tanto, no ama, más bien codicia, por cuanto es alguien insatisfecho con un vacío interior enorme que intenta llenar a través del ejercicio tiránico del poder. Así pues, podríamos concluir, con las palabras de la conferenciante norteamericana Robyn Benincasa: “Tú no inspiras a tus equipos mostrándoles lo grandioso que eres. Tú los inspiras enseñándoles lo grandiosos que son ellos”.

Inicialmente publicado en Indicador de economía