Mi generación fue bombardeada sistemáticamente por cómics, películas y series de televisión de héroes, en su mayoría individuales, como Mazinger Z, Supermán, Spider-Man, el increíble Hulk, el gran héroe americano, Batman, Capitán América, Iron Man, etc. Por lo general se trataba de personas que, por azares de la vida o de la ciencia, devenían la última esperanza para una sociedad atacada por la corrupción política, la indolencia policial, el ánimo de lucro inmoral o la perfidia de algún personaje sociópata. Este súper-hombre (proliferaba el género masculino) es el salvador ético, empático, justo y generoso que se juega el pellejo una y otra vez en beneficio del atribulado ciudadano anónimo.

Esa idea de que necesitamos un ser extraordinario, que nos proteja del mundo hostil, viene de lejos y ha impregnado todos los ámbitos de la vida social. Aún recuerdo aquello que se cantaba cuando Johan Cruyff aterrizó en Barcelona en 1973: “Ha vingut un holandès, ros i blanquet, ros i blanquet, per salvar al Barcelona, perquè no baixi a segona, fum, fum, fum”. Cuando era niño tenía por cierto que el día que Cruyff no jugaba los puntos volaban, a pesar de que el rival pareciera asequible.

Hoy las empresas no pueden sobrevivir con ese esquema de líder omnisciente y omnipresente, no se ganan batallas al modo del Cid Campeador, y la triste realidad es que hay una crisis generalizada de líderes creíbles. Líderes de carne y hueso que, desde la humildad, reconocen sus limitaciones, dudas y debilidades. Hombres y mujeres que no son indefectibles, porque la credibilidad no se construye sobre los cimientos de la infalibilidad – errare humanum est-, sino sobre valores humanos robustos que aguantan el palo mayor cuando el temporal se lleva la impostura de líderes de cartón y piedra. La disonancia cognitiva del jefe provoca metástasis en la organización: la falta de coherencia entre lo que se dice y lo que se hace precede al descrédito, primero internamente, pero al final trasciende al mercado.

Las empresas necesitan líderes al servicio de sus equipos y de los clientes, que tengan visión estratégica y sepan comunicarla. Hombres y mujeres ordinarios (buenas personas en el buen sentido de la palabra, que diría Antonio Machado) que doten de sentido (especialmente el común) y alma a sus empresas, que inspiren con sus palabras, pero sobretodo con sus hechos, que prediquen con el ejemplo y defiendan a capa y espada los valores compartidos. Líderes, en definitiva, falibles pero creíbles.

Aunque me acompaña una tendencia innata al optimismo, admito que, invariablemente, siempre hay quien tiene un punto de vista menos edificante del ser humano, y así Albert Camus aseveró que “la gente nunca está convencida de tus razones, de tu sinceridad, de tu seriedad o tus sufrimientos, salvo si te mueres”. En mi defensa diré que, aun así, no olviden que un buen líder no espera culto ni pleitesía, antes al contrario, el líder creíble sabe que está de paso y trabaja para los demás, nunca para alimentar su ego personal.

 

Inicialmente publicado en la versión en papel del Diari de Tarragona