Reconozco que soy un privilegiado, pues tuve un padre que sabía contar historias con una intención claramente pedagógica, que utilizaba la tradición oral para transmitirme valores, enseñanzas y consejos, en definitiva, me ayudaba a crecer como persona. Lamento, por tanto, desilusionar a los que han descubierto el storytelling recientemente, pero el arte de explicar historias hunde sus raíces en la noche de los tiempos.

Mi padre empezó a trabajar en una empresa de material eléctrico a mediados de los años cincuenta, un proyecto industrial de un emprendedor barcelonés que con unas pocas máquinas y mucha pasión puso en marcha su negocio. Aunque la empresa llegó a contar con más de dos mil personas en los años setenta, cuando se incorporó mi padre apenas si eran treinta o cuarenta.

Llegadas las entrañables fechas navideñas, el propietario decidió llevar a sus empleados a un restaurante de la localidad para agradecerles el esfuerzo de todo el año. Hoy en día es difícil de creer, pero en aquellos años degustar pollo era todo un festín (mi padres, de hecho, solo se permitían gozar de ese placer culinario los domingos). Así que el dueño de la empresa encargó un menú cuyo plato estrella era el consabido pollo, esperando así deleitar el paladar de los trabajadores.

Cuando los camareros sirvieron el Gallus gallus domesticus, el anfitrión observó la incomodidad de muchos de los allí presentes. En aquellos tiempos, las clases trabajadoras no acostumbraban a manejar cubiertos tales como cuchillo y tenedor. Este hombre, de posición social más que acomodada y avezado en las buenas maneras de la clase pudiente, se dirigió a los comensales con estas palabras: “A mí me vais a perdonar, pero yo disfruto más del pollo si me lo como con las manos”. Los empleados allí reunidos sintieron un enorme alivio en su interior y pudieron disfrutar del convite siendo ellos mismos.

¿Por qué me explicaba mi padre esta anécdota? Aunque nunca me lo dijo, para mí es evidente que su propósito era transmitirme la importancia capital de la humildad. Nadie es más que nadie por el simple hecho de tener más dinero o posición social. Aquel empresario construyó un imperio tratando bien a las personas, con empatía y respeto hacia aquellos que cada día le ayudaban a hacer más grande su nombre (no en vano el anagrama de la empresa eran sus propias iniciales). El líder que se precia está al servicio de los demás con humildad. Como bien dijo otro gran hombre que conocí: “Trata bien a la gente, porque a la corta da felicidad, y a la larga, dinero”. En ese orden.

Lástima que los que tomaron el relevo de aquel gran empresario barcelonés (como suele suceder) no estuvieron a su altura y la empresa se sumió en sucesivas crisis que la hicieron irrelevante con el paso de los años. Quizás esos sucesores, en su altivez, no pusieron en práctica los valores contenidos en las historias de sus padres. En todo caso, convengo, con la insigne escritora Agatha Christie, que “cuando no hay humildad, las personas se degradan”.

 

Inicialmente publicado en Indicador de economía.