En la primera parte del artículo vimos la dificultad del ser humano para imaginar el futuro, más allá de una continuación del presente teñida de tecnologías prometedoras, al tiempo que –en situaciones de incertidumbre- el cerebro reptiliano secuestra nuestra capacidad para explorar otras opciones más allá de la propia supervivencia. Sin embargo, sabemos por la historia y nuestra propia experiencia vital que las crisis pueden ser amenazas aterradoras tanto como oportunidades alentadoras.

Son muchas empresas las que se encuentran en estado de shock ante un contexto inaudito que nadie había previsto en sus planes de contingencia. Durante días nos hemos restregado los ojos para asegurarnos de que no se trataba de una pesadilla, con la esperanza que despertaríamos sudorosos y todo seguiría en su sitio, la normalidad estaría allí para apaciguar nuestro sobresaltado ánimo. Pero la cruda realidad es que no estamos soñando, que el mundo acelerado que nos acechaba ha puesto la directa y habremos de asumir que ingresamos en otro paradigma socioeconómico.

¿Qué podemos hacer para sacar a flote nuestros proyectos empresariales?

La clave está en adaptarnos a las nuevas circunstancias a través de una redefinición de nuestra empresa que indefectiblemente debe partir del propósito organizacional: la misión, el motivo de nuestra existencia. Hoy más que nunca los planes a largo son entelequias que hemos de sustituir por la exploración de posibilidades, opciones, escenarios diversos. En el nuevo mundo nuestro propósito no puede ser ganar dinero sin más, necesitamos dotar de sentido nuestro proyecto para atraer y comprometer a nuestros empleados, clientes, proveedores y resto de grupos de interés. Y en este punto, la autenticidad de los valores corporativos es crítica para conseguir esa conexión y los resultados esperados. (Evidentemente económicos, pero también de responsabilidad social, de sostenibilidad medioambiental o de desarrollo de personas en un entorno respetuoso y colaborativo que abrace la diversidad en toda su extensión.)

La creación de una cultura de la innovación, impulsada desde la alta dirección, que sea compartida por el conjunto de la organización, se me antoja una condición inaplazable para construir una nueva empresa que aporte valor a la sociedad (requisito imprescindible si queremos perdurar en el tiempo). Sin una cultura de la innovación no será posible que la empresa sea ágil en su toma de decisiones ni que el talento se conecte para conseguir resultados extraordinarios. Es preciso recurrir a una estructura organizativa dual que superponga la organización jerárquico-funcional (achatada al máximo posible) con equipos de trabajo redárquicos y autogestionados que desarrollen proyectos innovadores de impacto para la empresa: desencadenar la ilación del talento impulsará con fuerza la productividad, la adaptación al entorno cambiante, el aprendizaje organizacional y la mejora continua.

Necesitamos construir relaciones de confianza con los colaboradores para dar el salto del trabajo en equipo a la inteligencia colectiva mediante la colaboración en red. Y esto es independiente del manido teletrabajo, pues lo que se requiere ahora son nuevas formas de trabajo que nos proporcionen herramientas de conectividad (especialmente digital), espacios (físicos y virtuales) que promuevan el intercambio de conocimientos, vivencias y destrezas, entornos de experimentación, aprendizaje de nuevas habilidades y desarrollo de competencias (a menudo digitales, pero no únicamente).

Pero, ¿cómo superaremos la enorme dificultad que trae aparejada la transformación cultural de una organización? La solución, en unas semanas. Les espero.

Inicialmente publicado en la versión en papel del Diari de Tarragona