En los primeros compases de los años 90, y al abrigo de una investigación en el entorno universitario, me propuse demostrar una hipótesis que me rondaba por la cabeza desde hacía tiempo: “Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación permitirían que un porcentaje significativo de los empleados trabajaran desde su casa, de manera que la separación del tiempo de trabajo y ocio, creada por la era industrial, se difuminaría”. Créanme que en aquel tiempo era muy aventurado decir algo así, hasta el punto que uno de los directivos que entrevisté a la sazón –alto cargo en una multinacional del sector asegurador- me espetó con estupor: “¡Cómo vamos a teletrabajar si llamo desde Barcelona a Hospitalet (de Llobregat) y la línea telefónica parece un criadero de grillos!”.

El ser humano muestra dificultad para imaginar el futuro, y cuando lo hace se basa en marcos culturales de su propio presente. Sirva como ejemplo las películas de ciencia ficción de los años 50 y 60, donde observamos ingenios mecánicos futuristas, pero las relaciones interpersonales se rigen por los mismos parámetros culturales patriarcales del momento (quien prepara la comida con aparatos muy sofisticados es la mujer, por supuesto). A la incapacidad para pergeñar un futuro desprovisto de sesgos cognitivo-culturales, se une la fuerza de nuestro cerebro reptiliano, que monopoliza la atención cuando el pánico nos atenaza.

Pero la historia de la humanidad nos enseña, sin lugar a dudas, que siempre hay un día después: Lo hubo tras la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial, la gripe española de 1918, el crack del 29, la peste negra del medievo (que liquidó a un tercio de la población europea, es decir, unos 25 millones de almas), etc. Pero también ocurre con las épocas doradas: la Grande y Felicísima Armada (más conocida irónicamente, en la pérfida Albión, como Invencible), el Imperio romano, el Barça de las 5 copas de Ladislao Kubala, los felices años 20… Como lacónicamente sentenció Jaume Balmes, “las cosas bellas son perecederas y los bellos tiempos son efímeros”.

En estas latitudes no nos distingue nuestra habilidad para conjugar el verbo planificar, tenemos un espíritu más libre y burlón que ama la improvisación y aplaude la genialidad espontánea. En términos musicales diríamos que nos acomoda más el flamenco que la sonata del clasicismo alemán del s. XVIII. Ciertamente, en nuestro acervo cultural opera la creencia en salvadores, héroes o el recurso a la providencia (la idea de que Dios proveerá, según se nos dice en Filipenses 4:19). Así las cosas, quien más quien menos andamos como pollo sin cabeza intentando recomponer nuestra cotidianidad. (Quién me ha robado el mes de abril, cantaba hace años el poeta de lo mundano, Joaquín Sabina.)

Aunque las decisiones urgentes nos consuman el tiempo y la energía, ahora es el momento de pensar en el día después: qué estrategias impulsaremos para recuperar nuestros negocios; qué planes de acción comercial nos permitirán vender mejor; cuál será la forma más inteligente de organizarnos; cómo controlaremos eficientemente gastos e inversiones; o cómo huiremos de los clientes morosos como alma que lleva el diablo. En estos tiempos de incertidumbres, conviene prestar atención a las palabras de William Shakespeare: “El hombre cauto jamás deplora el mal presente; emplea el presente en prevenir las aflicciones futuras.”

Inicialmente publicado en la versión en papel del Diari de Tarragona