El 18 de mayo de 1994, el Barça entrenado por Cruyff sucumbió con estrépito ante el Milán en la final de la Copa de Europa (4-0), en un partido en el que los blaugranas no tuvieron la más mínima opción. Aquella derrota significó el final del conocido Dream Team que había ganado, entre otros títulos, 4 ligas, una Recopa y la primera Copa de Europa para los culés. En el avión de vuelta desde Atenas, el Flaco entendió que el equipo estaba ante un final de era y decidió renovar la plantilla. En dos años desaparecieron hombres emblemáticos como Zubizarreta, Koeman, Salinas, Eusebio, Goiko, Laudrup o Romario. Los que vinieron a sustituirlos (Busquets, Angoy, Eskurza, Korneiev, Escaich o Sánchez Jara) no mejoraron en absoluto el nivel y los resultados fueron nefastos. Cruyff había supuesto que los éxitos deportivos se debían en mayor medida a su sistema de juego que al talento individual de los jugadores.

En caso de que usted piense que su sistema organizativo es tan sublime que la capacidad, habilidades e inteligencia de los colaboradores son intranscendentes, no se apure, hay métodos infalibles para conseguir que las personas de más talento de una organización tomen las de Villadiego. De eso trata este breve artículo.

Comience por asegurar la inequidad del sistema retributivo. No construya criterios que expliquen las diferencias salariales, más allá de la discrecionalidad y el capricho. Si aun así el talento se resiste a abandonar el barco, evite que su organización muestre un propósito con el que los empleados pudieran identificarse; ni se le ocurra fomentar valores que propicien el orgullo de pertenencia entre los trabajadores, pues es difícil que las personas comprometidas con un proyecto lancen la toalla.

En caso de que lo anterior no funcione, opte por favorecer un ambiente laboral tóxico, un infierno al que nadie desee acudir. No le costará si penaliza a quien se comunica honestamente, si los posterga y usted se rodea de palmeros que le ríen las gracias. Premie y promocione a los mediocres que le hacen sentirse el rey o la reina del mambo, y cierre los canales de comunicación directa con los demás. No pregunte ni escuche, ni mucho menos trate de implicar a los empleados en las decisiones de la empresa.

También le recomiendo que ponga todas las dificultades imaginables para que sus trabajadores puedan conciliar vida laboral y personal/familiar. Sea inflexible con los horarios, no permita el trabajo desde casa bajo ningún concepto y fiscalice el presentismo. Sospeche de quien le pida unas horas libres para ir a la función de teatro de su vástago o quizás para llegar a tiempo al concierto de su cantante favorito. No tolere que la persona de talento organice su propio tiempo de trabajo.

A estas alturas, su plantilla ya tendrá una retirada al Barça post-Atenas, pero si algún héroe aún aguanta, dele la puntilla: cercene su crecimiento profesional, no le ofrezca nuevos retos y, por supuesto, no invierta en su capacitación. Ya lo dijo Cicerón: “Dedicarse continuamente a una misma cosa vence con frecuencia al talento y al arte”. Si forma de manera continuada a sus trabajadores, les estará ofreciendo un motivo para seguir a su lado, así que le sugiero el destierro del aprendizaje como estrategia en su business plan.

Si sigue mis consejos al pie de la letra, puedo prometerle que el talento huirá como alma que lleva el diablo, de tal guisa que, aunque usted esté más en cueros que una llueca, ningún superviviente se atreverá a poner en duda la finura y lujo de sus ropajes.

 

Inicialmente publicado en la versión en papel del Diari de Tarragona.